Wednesday, June 29, 2011

1.3.1 Escuelas del Siglo 19, Evolucionistas

La antropología, como ciencia, nace en la segunda mitad del Siglo XIX, en un clima intelectual marcado por las ideas evolucionistas en la Biología (Darwin en "El origen de las Especies", 1859) y en una situación política caracterizada por la expansión y la hegemonía europea. Estos antropólogos de la evolución (Tylor y Morgan) se basaban fundamentalmente en Spencer. Este decía que las sociedades evolucionan de lo simple a lo complejo, de lo hegemónico a lo heterogéneo, de las hordas a las sociedades industriales. De este modo la Antropología evolucionista pretendió hacer una reconstrucción esquemática y global de las grandes secuencias de la historia universal.
Esta reconstrucción era diacrónica, hipotética y especulativa y su método se basaba en el supuesto de que los distintos sistemas socio-culturales observables en el presente, tienen un cierto grado de semejanza con las culturas desaparecidas.
El progreso humano, expresado a través de una tendencia unidireccional, de etapas o estadíos socio-culturales de desarrollo, es el principio fundamental del evolucionismo cultural y social. La secuencia de estos estadíos tenía un carácter progresivo (aquello de salvajismo, barbarie y por último, civilización) en lo referente a las realizaciones tecnológicas.
Unos pocos pensadores occidentales de los Siglos XVIII y XIX idealizaron a los salvajes, que literalmente quiere decir "de la selva" (Rousseau, y Morgan en menor medida), pero la línea dominante en las culturas europeas fue la sobreestimación de sí misma, apoyada en la superioridad intelectual que las garantizaban los filósofos racionalistas y evolucionistas, las expectativas de mejoramiento social suscitadas por el avance industrial y tecnológico. Desde esta soberbia, hasta antropólogos del rigor perceptivo de Lévy-Bruhl (aunque se desdijo al final de su vida) sostenían el carácter pre-lógico de los pueblos primitivos, los imaginaban sumidos en una irracionalidad mágica e incapaces de pensar correctamente.
Al descentrarse de la propia cultura, los antropólogos fueron descubriendo otras formas de racionalidad y de vida. Así fue levantándose una concepción distinta de occidente sobre los otros pueblos y sobre sí mismo.
Lévi-Strauss es uno de los que ha llevado más lejos el cuestionamiento a la pretensión occidental de ser la culminación de la historia, presentando el modelo americano para refutar la concepción evolucionista de la historia humana como un solo movimiento lineal y progresivo, en el que la cultura europea ocuparía la cúspide y las demás equivaldrían a momentos anteriores del mismo proceso.
Lo que diferencia al pensamiento salvaje de lo que Lévi-Strauss llama pensamiento domesticado o científico no es una mayor capacidad de ordenar racionalmente el mundo o un predominio de la actividad intelectual sobre la práctica; menos aún, como algunos pretendieron, que el conocimiento primitivo sea resultado de hallazgos hechos al azar.
Los dos tipos de pensamiento - el salvaje y el científico - no corresponden a etapas superiores o inferiores del desarrollo humano, sino a distintos niveles estratégicos en que la naturaleza se deja atacar por el conocimiento científico, uno de ellos aproximadamente ajustado al de la percepción y la imaginación; y el otro desplazado. En el pensamiento salvaje, más ligado a la sensibilidad, los conceptos están sumergidos en imágenes; en el pensamiento moderno, las imágenes, los datos inmediatos de la sensibilidad y su elaboración imaginaria están subordinados a los conceptos.

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