La antropología, como ciencia, nace en la segunda mitad del Siglo XIX, en un clima intelectual marcado por las ideas evolucionistas en la Biología (Darwin en "El origen de las Especies", 1859) y en una situación política caracterizada por la expansión y la hegemonía europea. Estos antropólogos de la evolución (Tylor y Morgan) se basaban fundamentalmente en Spencer. Este decía que las sociedades evolucionan de lo simple a lo complejo, de lo hegemónico a lo heterogéneo, de las hordas a las sociedades industriales. De este modo la Antropología evolucionista pretendió hacer una reconstrucción esquemática y global de las grandes secuencias de la historia universal.
Esta reconstrucción era diacrónica, hipotética y especulativa y su método se basaba en el supuesto de que los distintos sistemas socio-culturales observables en el presente, tienen un cierto grado de semejanza con las culturas desaparecidas.
El progreso humano, expresado a través de una tendencia unidireccional, de etapas o estadíos socio-culturales de desarrollo, es el principio fundamental del evolucionismo cultural y social. La secuencia de estos estadíos tenía un carácter progresivo (aquello de salvajismo, barbarie y por último, civilización) en lo referente a las realizaciones tecnológicas.
Unos pocos pensadores occidentales de los Siglos XVIII y XIX idealizaron a los salvajes, que literalmente quiere decir "de la selva" (Rousseau, y Morgan en menor medida), pero la línea dominante en las culturas europeas fue la sobreestimación de sí misma, apoyada en la superioridad intelectual que las garantizaban los filósofos racionalistas y evolucionistas, las expectativas de mejoramiento social suscitadas por el avance industrial y tecnológico. Desde esta soberbia, hasta antropólogos del rigor perceptivo de Lévy-Bruhl (aunque se desdijo al final de su vida) sostenían el carácter pre-lógico de los pueblos primitivos, los imaginaban sumidos en una irracionalidad mágica e incapaces de pensar correctamente.
Al descentrarse de la propia cultura, los antropólogos fueron descubriendo otras formas de racionalidad y de vida. Así fue levantándose una concepción distinta de occidente sobre los otros pueblos y sobre sí mismo.
Lévi-Strauss es uno de los que ha llevado más lejos el cuestionamiento a la pretensión occidental de ser la culminación de la historia, presentando el modelo americano para refutar la concepción evolucionista de la historia humana como un solo movimiento lineal y progresivo, en el que la cultura europea ocuparía la cúspide y las demás equivaldrían a momentos anteriores del mismo proceso.
Lo que diferencia al pensamiento salvaje de lo que Lévi-Strauss llama pensamiento domesticado o científico no es una mayor capacidad de ordenar racionalmente el mundo o un predominio de la actividad intelectual sobre la práctica; menos aún, como algunos pretendieron, que el conocimiento primitivo sea resultado de hallazgos hechos al azar.
Los dos tipos de pensamiento - el salvaje y el científico - no corresponden a etapas superiores o inferiores del desarrollo humano, sino a distintos niveles estratégicos en que la naturaleza se deja atacar por el conocimiento científico, uno de ellos aproximadamente ajustado al de la percepción y la imaginación; y el otro desplazado. En el pensamiento salvaje, más ligado a la sensibilidad, los conceptos están sumergidos en imágenes; en el pensamiento moderno, las imágenes, los datos inmediatos de la sensibilidad y su elaboración imaginaria están subordinados a los conceptos.
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